
03 Abr ¿Cómo lees?
La Historia detrás del Himno
¿Cómo lees?
Cómo Leer La Biblia (2ª parte)
SERMÓN PREDICADO EN EL TABERNÁCULO METROPOLITANO, NEWINGTON, LONDRES. POR CHARLES SPURGEON.
“¿No habéis leído? … ¿No habéis leído?
…Y si supieseis qué significa.” Mateo 12: 3-7.
Los escribas y los fariseos eran grandes lectores de la Ley.
Ellos estudiaban continuamente los libros sagrados, escudriñando cada palabra y cada letra.
Tomaban notas de muy escasa importancia,
aunque algunas de ellas eran notas muy curiosas como:
cuál era el versículo colocado exactamente a la mitad
de todo el Antiguo Testamento, cuál era el versículo colocado
a la mitad de la mitad, y cuántas veces aparecía una palabra,
e incluso cuántas veces aparecía una letra,
y el tamaño de la letra, y su posición única.
Nos han legado un cúmulo de observaciones maravillosas
sobre simples palabras de la Santa Escritura.
La misma cosa pudieran haber hecho con cualquier otro libro,
y la información habría sido tan importante como los hechos
que han recogido muy laboriosamente en relación
a la letra del Antiguo Testamento.
Sin embargo, eran esforzados lectores de la Ley.
Ellos iniciaron una discusión con el Salvador sobre un asunto tocante a esta Ley, pues la conocían como la palma de su mano
y estaban preparados para usarla como un ave de rapiña
usa sus garras para destrozar y despedazar.
Los discípulos de nuestro Señor habían arrancado algunas espigas de trigo, y las habían restregado con sus manos.
De acuerdo a la interpretación de los fariseos,
restregar una espiga de trigo es una especie de trilla,
y como es prohibido trillar en el día de reposo,
es por tanto prohibido restregar una espiga de trigo o dos
cuando se está hambriento en la mañana del día de reposo.
Ese era su argumento, y con él y con su propia versión
de la Ley del día de reposo, vinieron a ver al Salvador.
El Salvador generalmente llevaba la guerra al campo enemigo,
e hizo lo mismo en esta ocasión.
Se encontró con ellos en su propio terreno, diciéndoles:
“¿No habéis leído?”
Una pregunta cortante para los escribas y fariseos,
aunque aparentemente inocente. Era una pregunta razonable
y apropiada que muy bien se podía hacer; pero piensen
que se las estaba planteando a ellos.
“¿No habéis leído?”
“¡Leído!”
podrían haber respondido,
“nosotros hemos leído ese libro muchísimas veces.
Siempre lo estamos leyendo.
Ningún pasaje se escapa a nuestro ojo crítico.”
Sin embargo, nuestro Señor vuelve a hacerles la pregunta
una segunda vez:
“¿No habéis leído?”
como si después de todo no la hubieran leído,
aunque eran los más grandes lectores de la Ley, en su tiempo.
Él insinúa que ellos no han leído del todo;
y luego Él les da incidentalmente la razón del por qué
les había preguntado si la habían leído. Él dice:
“Si supieseis qué significa,”
que era tanto como decir:
“ustedes no han leído, porque no han entendido.”
Sus ojos han visto las palabras, y han contado las letras,
y han identificado la posición de cada versículo y de cada palabra, y han dicho sabias cosas acerca de cada uno de los libros
y sin embargo ustedes ni siquiera son lectores del volumen sagrado, pues no han adquirido el verdadero arte de la lectura.
Ustedes no entienden, y por lo tanto ustedes no leen verdaderamente. Ustedes simplemente pasan las páginas
de la Palabra y las contemplan.
No la han leído pues no la entienden.